El aplauso que seguís esperando
Actualizado: 28 sept
Hola, mi nombre es Ana Alonso, soy terapeuta en gestión emocional, y en este espacio te cuento mi perspectiva sobre algunas temáticas relacionadas con el desarrollo personal.
Lejos de buscar ser una fuente formativa, se trata de un encuentro humano, imperfecto, donde el propósito es la reflexión y observación consciente desde diferentes ópticas, ojalá, brindándonos nuevas herramientas para nuestro autoconocimiento.

La injusticia que sentimos cuando bajamos el ritmo
Hay períodos en los que estamos totalmente comprometidos con nuestro trabajo: hacemos muchísimo, generamos buenos resultados, damos todo. Y hay otros momentos, por circunstancias de la vida, en los que no podemos sostener esa misma entrega.
Ahí aparece algo muy conocido: el jefe no reconoce lo que estamos atravesando, o directamente nos reclama. Y con eso llega el reproche interno: "Doy todo, ¿y ahora que no puedo ofrecer lo mismo, ya no te sirve?"
La sensación de injusticia es enorme. A veces, desproporcionada para la situación. Y cuando esa intensidad se repite una y otra vez, vale la pena preguntarnos de dónde viene.
El aplauso que aprendimos a esperar
Muchas veces esta escena repite algo mucho más antiguo: la forma en la que percibimos la mirada de mamá y papá.
Es probable que nos hayan aplaudido en el éxito: la buena nota, el logro, el "qué bien lo hiciste". Pero en la dificultad —cuando estábamos tristes, cuando fallábamos, cuando no podíamos— quizás nos sentimos invisibles o poco acompañados.
Y de ahí, sin darnos cuenta, sacamos una conclusión: para merecer el amor y el cariño de mamá y papá, necesito estar en el éxito. Entonces, cuando no estoy en el éxito, no soy merecedor de ese amor.
Esa interpretación no queda en la infancia. Se convierte en una plantilla que llevamos a otros escenarios de la vida.
La invitación es a mirar hacia adentro
El ámbito laboral es uno de esos escenarios. Quien ocupa hoy el lugar de la jerarquía puede estar ocupando, arquetípicamente, el lugar que ocupaban nuestros padres.
Entonces, cuando ese jefe solo reconoce los resultados y no nos ve en la dificultad, no estamos viviendo solo una situación laboral. Estamos reviviendo aquella experiencia: "Si no rindo, no me ven. Si no rindo, no merezco."
Por eso lo sentimos como una verdad tan injusta. No es solo el jefe: es que nos recuerda un dolor que todavía no ha terminado de sanar.
Esto no busca justificar ninguna injusticia real ni señalar a nadie. Busca abrir una pregunta: ¿cuánto de lo que siento frente a mi jefe le pertenece a él, y cuánto le pertenece a mi historia? Te invito a indagar, con honestidad y con cariño, la próxima vez que sientas que un reconocimiento no llega como esperabas. Quizás no se trata solo de ese jefe, ese proyecto o ese momento. Quizás sea una oportunidad para mirar a ese niño o esa niña que aprendió que tenía que brillar para ser querido, y empezar a decirle algo distinto: que también merece amor en la dificultad.
Si sentís que este patrón te resuena y querés entender más sobre las motivaciones que hay detrás de tus reacciones, en Eneagrama y Sentido Biológico trabajamos justamente eso: por qué reaccionamos como reaccionamos, y cómo empezar a soltar los patrones que ya no nos representan.
Gracias por tu tiempo.
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